Volver al territorio a través del juego

En el tiempo, los niños y niñas del istmo han dejado de jugar en los espacios públicos. Pocos adultos enseñan a las niñeces juegos tradicionales para salir al campo, tampoco los inspiran para desarrollarse de manera sana en las calles de Unión Hidalgo. Antes, cuando nosotras éramos niñas, no necesitábamos un taller o una invitación para ingeniar juegos creativos, y aprender echando a perder. Pero entre que las dinámicas familiares han cambiado, y la vida se vuelve más insegura, los espacios públicos son usados principalmente por juventudes adultas o adultos, no vemos niñeces libres que quieran ocupar espacio, mucho espacio. Por eso a la par del programa Mujeres Mapeando el territorio creamos actividades donde ofrecer algo que víncule a las niñeces con su territorio, que les permita desarrollarse libremente y sin miedo. Durante las semanas de Noviembre, las mujeres de nuestra comunidad disfrutaban de un círculo de aprendizaje sobre herbolaria y medicina con plantas, y al mismo tiempo nos llevamos a sus niñeces a hacer papalotes con el maestro y artista: Edrey, quien creció en Unión Hidalgo y brindó el espacio pedagógico “Alas para volar” dedicado a los niños. Bastó con papel de china, hilaza, palitos y resistol para que pudiéramos tener el poder y pretexto de ir al campo deportivo el Zapotalito y ahí, enfrentar al viento que nos traicionó un poco ese día haciéndose el débil y quieto, pero que las niñeces, guerreras y persistentes, con la ayuda de todos los adultos que convocamos, intentamos volar los papalotes de larguísimas colas. Muchos de ellos se enredaban, la frustración brotaba por las bocas de todos, pero al final con serenidad y ecuanimidad el maestro les recordaba que “Si no salen las cosas como esperábamos, también está bien”. Nosotras, como adultas guías, también repetimos este mantra varias veces y a fin de cuentas nos divertimos. El papá de Regina, una de las participantes, se sumó para acompañarnos y nos contaba que antes para aprovechar los impresionantes vientos de la región, era muy común hacer papalotes con lo que se tuviera al alcance, unas bolsas de plástico y palitos de los árboles, pero ahora maestros como Edrey son necesarios para inyectar el ojo curioso a las niñeces.  Otro papá, el de Joshua, estuvo viéndonos por largo rato en el marco de entrada del parque, poco a poco se fue acercando y terminó siendo un voluntario más para contener la desesperanza que dejaba el aire ausente, que de todos modos nos trajo risas y muchos aprendizajes. “Vivimos una reflexión profunda como adultos, para acompañar las emociones de los niños, de una manera amorosa y pacífica. Eso es lo que necesitan, esa es la semilla”, dijo nuestra compañera Sara al terminar el taller. Finalmente, hubo algo que nos enterneció y nos recordó lo importante que es seguir creando espacios seguros de aprendizaje como los que hacemos en UMPO: dos hermanas tuvieron que ausentarse algunos días del taller porque su abuela falleció, pero el último día llegaron para volar los papalotes y comer fruta con todo el grupo. Las niñas estuvieron alegres, y la familia estaba agradecida de poder llevarlas a este esparcimiento que se vistió de contención aquel día. Fomentar la creatividad, el juego libre, el ocupar espacios públicos es la clave para construir una comunidad fortalecida, llena de confianza y cariño. Gracias, por impulsar el cuidado de los más jóvenes, ahí es donde hay que mirar para cambiar el mundo.

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